Añejando mi vida, madurando mis pensamientos y participe directo de la eclosión de muchas
semillas. El murmullar de la alarma susurrándome en el oído, el sol todavía no sale y el baño de
mañana la actividad menos preferida. El trajín mañanero de todos los días, me hacen devoto entre
bocinas, pidiendo unos minutos más para descansar esa bella mirada que mi rostro ha de
demostrar el resto del día.
Miradas entre cruzadas, sonrisas a la distancia y las jaranas al más dormido nunca faltan; la familia
al fin está reunida. Entre minutos vuelan tres períodos, llega el momento más esperado para crear
sátiras sin sentido y narrar alguna que otra situación que entre risas demuestra su aceptación. El
tiempo se limita al sonido de la campana, como el condicionamiento de aquel reo que deja ese
vacío en sus oídos para anhelar su libertad unos segundos más. Ahora no son tres, son cuatro; los
minutos se detienen, al menos así lo percibo, la narrativa del docente pasa de oído a oído. Se
cierran los libros, gritos entre pasillos me dan la pauta que la secuencia cómica continuará en el
graderío.
Una vez más, la composición rítmica que más detesto... solo falta uno. El docente es víctima de la
energía, las miradas sobre el segundero y muchas risas distraídas. El camino a casa es largo, el
último despido con un corazón dividido. El adiós más largo que he vivido... Se cierra el telón del
teatro, sin saber si esta obra algún día volverá presentarse con el mismo reparto.
(Poema en prosa)

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